El jurado de la vigésimo tercera edición del Concurso de Microrrelatos del Encierro de Sanse y otros festejos taurinos populares ha hecho público los premios de 2026. ¡Enhorabuena a los tres galardonados!
Primer Premio: La carrera del miedo, de Lydia Santos Nieto (Colmenar
Viejo)
El cohete sonó como un latigazo en el aire. Durante un segundo, nadie se movió. Ese instante suspendido en el tiempo donde todos contienen la respiración, donde el miedo todavía es una idea… y no una realidad. Luego, el suelo comenzó a temblar. -¡Ya vienen!- gritó alguien, y el encierro dejó de ser tradición para convertirse en instinto. Corrí. No recuerdo haber decidido hacerlo. Mis piernas simplemente reaccionaron, impulsadas por una mezcla de adrenalina y terror. A mi alrededor, decenas de cuerpos se movían como una sola criatura desordenada, empujando, tropezando… El sonido de los cascos contra el adoquín era brutal. Seco. Rápido. Imparable. Giré la cabeza un instante -un error- y los vi. Negros. Enormes. Sus músculos tensos como cuerdas a punto de romperse. Los toros avanzaban con una fuerza que no entendía de fiestas ni de valientes. Para ellos no era un juego. Era huida, era confusión… era embestir todo lo que se moviera. -¡A la derecha!- Alguien me empujó contra la pared. El aire olía a sudor, a miedo, a algo primitivo. Un hombre cayó delante de mí.
Lo esquivé por centímetros, sintiendo cómo el caos se cerraba sobre nosotros. Nadie se detenía. Entonces lo sentí, el aliento caliente en la espalda, el golpe de un cuerpo que no era humano rozándome, el mundo se redujo a un solo pensamiento: no caer.
Segundo premio: Bendita Locura, de Faustino Lara (Toledo)
Es el olor a pólvora y a asfalto húmedo lo que esta mañana de agosto te despierta y te lleva a la calle antes de que el sol rompa con su fulgor la oscuridad de la noche. Es ese latido sordo e inveterado que palpita en tu interior y te vincula con una tradición centenaria. Es también ese hilo conductor que te une a cientos de personas que un año más, como tú, se levantarán y acudirán al centro de Sanse. Ningún encierro es igual a otro; todos albergan esa capacidad de reinventarse en un instante único. Tú lo sabes bien: son muchos años corriendo junto a los astados. Como sabes también que nada sería igual si ya no sintieras el jubiloso revoloteo de esas mariposas que aún se te acumulan en el estómago y te recuerdan a aquella primera vez que sentiste su presencia cuando tu padre te miró a los ojos, te revolvió el pelo y te dijo que le acompañaras, que ya tenías edad para ponerte delante de unos toros de verdad y correr a su lado.
El blanco impoluto de las camisas y pantalones contrasta con el rojo vivo de los pañuelos ceñidos al cuello. El estallido del cohete desgarra el aire. La tensión contenida estalla en mil pedazos. El suelo empieza a temblar. La manada avanza a una velocidad endiablada. Tu corazón late desbocado. Mides los espacios sin dejar de girar la cabeza de un lado para otro, controlando tu entorno, tu respiración, sintiendo el abigarrado aliento de los morlacos. El peligro es real, hermoso y salvaje. Limpias y amplias zancadas te llevan en volandas entre el ruido enfervorizado de la gente.
Y cuando accedes al interior de La Tercera, de pronto, el tiempo se detiene. En ese instante exacto, una vez superados los peligros, vencidos todos los temores, experimentas una epifanía de una emoción pura y genuina. Te santiguas, miras al cielo y recuerdas que hoy también has corrido por él, por tu padre, por esa persona que te inoculó el veneno de esta bendita locura.
Mención Especial San Sebastián de los Reyes: Sensaciones del encierro,
de José Ramón Ramos (Okondo-Álava)
El encierro es despertarse antes del alba con las sensaciones a flor de piel. Ver salir el sol reflejado en la humedad de los adoquines de la curva de Postas. Ajustarse los fajines dejándolos colgar con gracia pero de tal manera que no estorben en la carrera. Periódicos enrollados, palmadas en los muslos. Las emociones se disparan al mismo tiempo que estalla el cohete. Comienza una carrera sin una meta física definida. La única meta es conservar la vida. El encierro es sentir los aromas de las flores de los balcones mezclados con los olores acres de los animales y los del sudor humano, pero sobre todo, el tufo del miedo. Es percibir los colores con nitidez, el blanco de la indumentaria de los mozos, el rojo de fajines y pañuelos, el negro de los toros y el blanco moteado de los cabestros berrendos. Ocasionalmente, también el rojo de un reguero de sangre que ha dejado tras de sí la manada. Respirar tras el paso del último morlaco sintiendo que a uno no le ha tocado. Subir después por Estafeta, rodear la plaza de toros y disfrutar de los rayos del sol de la mañana observando Navacerrada al fondo un día más. Mañana, el destino dirá.